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lunes, 20 de enero de 2020

BORRACHA INVIDENTE, CULPABLE Y LIBRE









BORRACHA INVIDENTE, CULPABLE Y LIBRE






Ese nudo que se te forma en el estómago y te impide seguir comiendo.
   Ese sudor frío que llega ante el pensamiento de que nunca más vas a tocar sus labios.
   Esa inquietud constante, ese cosquilleo en los pies avisando de que como no te tranquilices y dejes de pensar, te va a dar un ataque de ansiedad.
   Esos recuerdos reincidentes, que aunque sabes que te hacen mal, no dejas de evocar.
   Esa impotencia de suponer que la culpa de todo la tienes tú y ya no puedes hacer nada.
   Esa rabia de que lo has intentado y de que no ha servido de nada.
   Esa tristeza constante ante el recuerdo, ante sus últimas palabras que te perseguirán durante un tiempo indeterminado, que oirás en una película, en una maldita serie, en cualquier parte y harán que se te encoja el corazón y quieras morir.
   Ese miedo a no encontrar quién te haga vibrar como él lo hizo.
   Esa sensación que hueles, que sientes, y que permanecerá contigo desbordando tu lágrimas.
   El desamor es terrible, te vuelve loca cuando eres cuerda. Todas las lógicas aplastantes pasan a un segundo plano y todo se convierte en una locura de la cual, cuando vuelves a estar sosegada, te arrepientes de haber cometido. Algo, de lo que ya es tarde arrepentirse pues ya está hecho.

   Todavía es más frustrante cuando haces esas gilipolleces con cierta edad. Se supone que eso es para adolescentes, para niñatos que no saben nada de la vida, pero ¡qué mentira!, da igual la edad que tengas, el amor no correspondido hace estragos, da igual tu edad, tu preferencia sexual o tu raza.
   Miras el teléfono mil veces por si te ha mandado un mensaje y no lo has oído, te metes furtivamente en su Instagram para ver si ha puesto alguna nueva publicación o para simplemente ver sus fotos. Una fotos que tú tenías grabadas en tu móvil pero que has borrado en un acto de rebeldía.  Es ridículo, es idiota, pero lo haces. Y lo haces sabiendo que te va a hacer daño, que cuando fijes tu mirada en sus ojos un cuchillo atravesará tu corazón recordándote que esas pupilas ya no volverán a ser tuyas como lo fueron una vez. Que sus labios ya no tocarán tu boca nunca más y que su piel ya no rozará la tuya jamás. Ves con impotencia, como él sigue con su vida y como su atención ya está fijada en otro objetivo, y tú… no puedes pasar página. Ves cómo él te ha olvidado, te sientes morir porque te gustaría que te echara de menos y no lo hace, y entonces te sientes morir una vez más, te sientes como una imbécil habiendo alardeado un día de que eso no te iba a suceder, que ya eras una mujer adulta y con experiencia.
¡A quién querías engañar!

   A ti, no hay otra respuesta. Te engañas a ti. Porque en el corazón no manda nadie y el amor se instala cuando menos te lo esperas. Tú, que decías que no querías nada serio, que solo iba a ser un divertimento que no te iba a afectar. Pero luego llegan las caricias un poco más cariñosas, las palabras envueltas en un filtro de amor, los gestos, las miradas profundas, y cuando menos te lo esperas, eres adicta a esas sensaciones tan distintas a las que has venido experimentando los meses anteriores con tu amante de garrafón, donde los encuentros eran fríos, directos, sin miradas cómplices, sin lentitud, donde todo era una sesión de sexo puro de quince minutos. En cambio, de repente, te ves envuelta en los brazos de alguien que se deleita con tu cuerpo, que te mira como si fueras el tesoro más preciado del mundo, que te habla con palabras de amor y te coge las manos, te besa y te acaricia cuando está dentro de ti. Cuando después de hacer el amor, te sigue mirando y te dice lo maravillosa que eres y que quiere estar contigo siempre, que lleva meses deseando ese momento y no quiere perderlo.
   Tú, aunque te resistes, lo crees porque es lo que deseas. Deseas a alguien que te venere, deseas ser especial y en ese momento lo eres. Te dejas llevar por la seda que hay en sus palabras, por los mensajes posteriores que te envía desde su casa, desde el trabajo, desde una salida con sus amigos. Te echa de menos, piensa en ti, eso dice, lo demuestra, siempre está dispuesto a verte cuando tú lo pides, y se vuelve a repetir todo ese bucle de amor. Buenas palabras, buenos actos, sexo grandioso y más amor posterior.

   Y todo parece ideal hasta que un día te caes de esa nube en la que has estado, y la hostia que te pegas, a parte de que no te la esperas, duele mucho más porque no sabes ni por dónde te ha venido. Lo peor, te lo has buscado tú sola. Al no escuchar de su boca las palabras que quieres oír, le acusas de querer dejarlo, de que nunca te ha querido. Él lo niega, dice que no ha dejado nada, pero tú no le escuchas, estás ciega, él te vuelve a decir que le encantas, que no sabe qué ocurre, pero tú no le oyes, estás tan asustada porque te has dado cuenta de que estás enamorada que un miedo irracional impide ver la realidad. La cagas, la cagas y mucho. Él deja de hablarte, ya no sabe ni qué decir.
   Pasan los días y no hay respuestas. Intentas ponerte en contacto con él pero no responde. Cuando lo hace, dice que se ha desilusionado, y tú incrédula, no puedes creer que todo se haya acabado por una pequeña discusión. Entonces, te das cuenta de que la única que estás enamorada eres tú, de que él no lo está y de que todo lo vivido ha sido un espejismo que tú has hecho real y te has creído como una imbécil.
   Quieres que te diga algo, que te explique qué ha pasado, pero esa explicación no llega nunca. Le exiges entonces que te diga que no te quiere, porque crees que así podrás cerrar este capítulo en tu vida. Le exiges, lo consigues, logras que te lo diga, sin embargo, en el fondo sabes que le has obligado y no te quedas satisfecha. No solucionas nada, solo que todo empeore porque ahora encima sientes que ya no eres especial, sino que eres una más del montón, una más con la que ha jugado a decir palabras de amor, una más que le ha dedicado esas miradas que a ti te mataban, una más que ya ha olvidado.
   Siguen pasando los días y tienes momentos para todo, ganas de llamarle de nuevo, ganas de llorar, ganas de ir para arriba. Llamas a tus amigas para que te ayuden a sobrellevar todo esto. Algunas se alarman de que en tan poco tiempo hayas podido sentir esto, otras no tanto porque comprenden la fuerza que tiene el amor. Pero aun así te sientes sola, porque la voz que quieres oír es la de él, el abrazo que te consuela tiene nombre masculino.
   Pides ayuda, no dejas de pedirla, pero sobre todo intentas curarte, como sea. Hay días regulares, y luego están los malos. Esos en los que no paras de llorar en todo el día y te preguntas que cuándo pasará todo esto.
   Borracha de desamor. Dolida, herida en lo más profundo. No consigues olvidarle pese a que lo intentas todo, incluso herirle a él, quedar por encima, borrar a la patética que le dijo que estaba enamorada para reemplazarla por la irónica y dura, la que le decía que dónde iba ella con él. ¡por favor! ¿qué dónde iba ir? Pues al fin del mundo idiota. Porque le amas y porque lo único que querías hacer con esas palabras era salvar tu dignidad que tú misma habías pisoteado.
   Dicen que ‘él’ te rompe el corazón una vez y los recuerdos mil veces. ¡Y qué verdad es esa! Es tan doloroso recordar sus besos, sus caricias, sus palabras de amor.
   Le quieres odiar, porque hacerlo te da fuerzas, porque prefieres odiarle a excusarle. Él te odia, lo sabes. Las palabras que le dijiste no las perdonará jamás, ese ‘dónde voy a ir yo contigo’ no lo olvidará. Es rencoroso, te odia. Pero prefieres que te odie a que te tenga lástima. Prefieres que te odie a parecerle patética. Lo único que quieres es ser feliz sola. No quieres a nadie a tu lado. No quieres que te hagan daño porque eres una bomba. Eres demasiado entregada, te das por completo y aunque al final todos quieren a alguien así a su lado, no pueden dejar de hacer daño, y tú no quieres que te hagan daño. No te lo mereces. No te merecías que él te hiciera daño. ¿Qué hiciste mal? Tener miedo fue tu pecado. Tu reacción a ese miedo. Pero fue lo único, y al parecer, eso fue suficiente.
   Siguen pasando los días, las semanas, los meses, tu cabeza se enfría pero no el corazón. Le sigues amando con la misma intensidad, pero ahora la diferencia es que te das cuenta de que la razón por la que no estáis juntos eres tú. Tus mensajes que le confundían, tus oídos sordos a las palabras que él te decía. Te decía que te quería, te decía que le encantabas tal y como eras, y tú…, tú no le escuchabas. Querías oír las palabras mágicas: “te quiero”, no te conformabas con menos, tergiversaste todo lo demás. Estuviste ciega, sorda, rabiosa y dolida, una combinación mortal que arruinó lo que teníais. Ahora lo sabes, lo reconoces, quieres pedirle perdón, porque él no era quien tenía que darte explicaciones, sino tú. Tú eres la que tienes que darle una explicación, decirle que fuiste tú la que lo jodió todo, que estabas tan descolocada por lo que sentías que no viste ni oíste.
   Lo intentas, vas a pedirle perdón y…
   … y tus piernas tiemblan al verle de nuevo. Te ve, te ignora, tú no puedes dejar de mirarle, te quedas quieta, esperando a que venga, no lo hace, por fin te armas de valor y eres tú la que se acerca. Tienes miedo a su reacción, crees que se va a mostrar tan indiferente que eso será como si alguien te apuñalara, pero aún así te acercas. Lo primero que te ofrece es una sonrisa, tú respiras, y disfrazada de mujer entera, le pides un minuto para hablar. Él accede y habláis, parece que todo va bien, le pides disculpas, él las acepta, tú te mueres por besarle, le acaricias la mejilla y él se deja, tu corazón se hincha, y cuando le vas a decir que por qué no os dais una nueva oportunidad, él te dice que está con una chica y que va a ser padre. Te quedas en shock, no sabes qué decir. Esas palabras retumban en tu cabeza y tu corazón está a punto de resquebrajarse de una manera audible. Él sigue hablando, ignorando tus sentimientos, te dice que lleva con ella cuatro meses, que está muy bien y que ser padre es la ilusión de su vida. Tú no quieres oír más, sientes que vas a desmayarte si sigues oyendo todo eso. Sales de allí, destrozada, envuelta en un mar de lágrimas y no sabes qué hacer, paras el coche, llamas a tu amiga y no lo coge. Te vas a casa y te encierras en tu habitación. No quieres saber nada del mundo. Lloras, no paras de llorar y sentirte la persona más estúpida del mundo, ¡cuatro meses!  Solo un mes después de dejarlo contigo ya estaba con ella. No puedes asimilarlo, lloras, vuelves a llorar. Le odias, odias que no te contestara, odias su cinismo, empiezas a quitarte la puta venda que tenías tapando la realidad, le bajas del altar en el que le tenías idolatrado, tú no estropeaste nada, tú no hiciste nada para que él te abandonara. Él no contestó a tus mensajes, fue un inmaduro y al mes ya tenía a otra mientras que tú morías por él.
   Esa noche duermes a ratos, inquieta, como si todo a tu alrededor no fuera real. Te levantas a trabajar, estás sorprendentemente tranquila, una tranquilidad que no has sentido en cinco meses. Piensas en el día anterior, en sus palabras, pero para tu asombro, el horrible dolor que sentiste se ha ido. Ahora sientes otra cosa, sigues triste, pero ya no es por no tenerle, sino por haber perdido el tiempo pensando en él todos esos meses. Comprendes entonces que era una obsesión, que realmente no estás enamorada de él, y entonces, sonríes, sonríes porque comprendes que ya ha pasado todo, que no eres culpable de nada, que él no te merece y por fin… eres libre.

GIULIA XAIREN


*En ocasiones hace falta un verdadero desengaño para poder olvidar a una persona y dejarla de idolatrar, una idolatría que la mente ha creado sola. Idolatría que la mayoría no se merecen pero que un corazón destrozado insiste en crear, sumiendo cada vez más su ánimo al más bajo de los niveles. El desamor tiene varias fases, y la de creerse culpable es una de las más duras, cuando te abandonan sin un motivo real, aunque tú no hayas hecho nada la culpabilidad aparece igualmente. Solo buscas una razón, una explicación de por qué todo ha acabado, y como no te la ofrecen, tu baja autoestima te da la respuesta culpándote a ti.

   Nadie debe poner en las manos de otros su felicidad. Tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos para poder tener relaciones sanas y no mantener ni extender lazos tóxicos. Tenemos que aprender a soltar a quien no nos quiere para poder ser realmente libres y tener muy presente que es mejor estar sin pareja que con alguien que te haga sentir que estás en la más profunda soledad.